mal gusto
No suelo ocultar mi antipatía por las fechas navideñas, para mí se reducen al cumpleaños de mi hermana, la lotería y poco más. Es muy bonito reunirse con los seres queridos y blablabla, pero no es necesario hacerlo rodeado de tanta parafernalia. Particularmente en Japón he comenzado a odiar estas fiestas, aquí es donde se alcanza el límite de la perversión, la banalidad y la ignorancia.
Hace tiempo que abandoné cualquier discusión religiosa y me entregué al culto del nocultismo, pero me sorprende cómo en un país teóricamente laico, y desde luego, no cristiano, el gordo barbudo de los anuncios de Coca-Cola y sus compinches hacen el Agosto en una festividad, en un principio, de origen religioso.
En los centros comerciales, estaciones, oficinas, los nauseabundos adornos navideños se sacan de los almacenes para hacer sitio a las no menos insoportables calabazas de Halloween y se guardaran de nuevo para poder sacar las ñoñerías de San Valentín, alimentando así el interminable ciclo consumista con el que muchos (manojo de bolsas en un brazo, niña tonta en el otro) le dan algun sentido a su único y miserable día libre de la semana.
Pero hay una actividad navideña por la que realmente siento simpatía y placer en participar, por lo grotesco y chabacano del evento: las cenas/fiestas de navidad de empresa.
Hay un popular Haiku que dice algo así como “Navidad: estrellas en el cielo, vómito en las calles”, y es que si las cenas navideñas son una exhibición de vergonzosos excesos, las de empresa son el canto al mal gusto, por eso me encantan. Como decía Randal: “Sí, odio a la gente, pero me encantan las reuniones, ¿no es irónico?”
Mi foto de este año con el viejo Santa, resume en una sola estampa el espíritu de estos eventos, aunque esté mal que lo diga yo, es perfecta en esencia: barbudo borracho en albornoz rosa, a horcajadas sobre barbudo de palo aferrando nalga, aderezado con compañero de oficina riendo la gracia. Y pensar que tengo que esperar otros 365 días para repetir la escena.


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